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El Señor nos define con su amor y su Palabra (Catedral de Lima)

Monseñor Carlos Castillo, Arzobispo de Lima y Primado del Perú, presidió la santa misa del Domingo XX del Tiempo Ordinario en la Basílica Catedral de Lima. La celebración eucarística contó con la participación de los alumnos del Colegio San Roque en su 60 aniversario, así como autoridades de la Municipalidad de Surco, y representantes de la Municipalidad de Lima.

«Hermanos y hermanas, este domingo el Señor nos dice unas palabras muy estremecedoras, muy fuertes y muy exigentes. El Señor emplea eso que todos llamamos figuras, ejemplos, signos, habla del fuego y habla de la división, estas figuras nos ayudan a comprender el sentido más profundo porque siempre una metáfora, una figura, nos ayuda ir a un núcleo principal de lo que nos quiere decir, pero nos deja la libertad para que todos podamos interpretar lo mejor posible y así podamos discutir y entender lo que nos quiere», comentó durante la homilía.

Jesús no imparte normas, suscita inspiraciones

«Eso es lo bonito de la fe cristiana – prosiguió – que el Señor no imparte normas, el Señor suscita en nosotros inspiraciones, nos dice palabras, parábolas, palabras figurativas para que todos imaginemos cada uno según su situación cómo vivir lo que el Señor está diciendo».

«En el antiguo Israel los profetas habían tenido una gran misión: decir la palabra adecuada y justa para transformar las situaciones difíciles, y qué difícil es decir una palabra justa. Cuando alguien viene con un problema no podemos decirle cualquier cosa, de lo contrario, nuestra palabra no tiene ningún sentido y la persona simplemente queda con su problema. Primero tenemos que escucharla y ver qué es lo adecuado para decirle».

«A veces nos pasa a los sacerdotes que, cuando alguien viene con un problema terrible uno le dice: “reza mucho hijita” y se acabó, “reza mucho papacito” y la gente se queda ‘tirando cintura’. Uno necesita siempre la palabra adecuada, y para eso necesita haber escuchado mucho para actuar como el Señor.»

El amor firme y abrasador que nos define

Monseñor Castillo explicó que Jesús quiere «que ejerzamos una actitud de respuesta profética a las situaciones», y cuando habla que el Señor ha venido a traer fuego a la tierra, «está hablando de su muerte, por anunciar fuego en la tierra va a sufrir como consecuencia el martirio, porque él no va a matar a nadie, él va a anunciar el evangelio del amor», y el fuego del que habla es «el fuego del amor que nos trae el Señor».

El amor debe ser verdadero, apasionado, pero sobre todo «tiene que ser responsable». El amor en la tradición de la fe cristiana y que viene de Israel, tiene dos características: cariño y firmeza: «amor tierno o cariñoso con fidelidad o firmeza. Las dos cosas no se pueden separar, de tal manera que tiene que ser un amor fiel y una fidelidad amorosa, cariñosa».

De estas dimensiones del amor, el Señor acentúa hoy una, «la firmeza», que es la necesidad que ese fuego que es el amor se irradie por toda la humanidad «para definir, para hacernos fuertes en ese amor, para hacernos decididos». No es un amor melifluo, no es un fuego mágico o espectacular, es un amor que nos inspira para solucionar problemas, enfrentar la realidad y ser responsable.

Razones profundas para hacer la paz

Cuando el Señor nos dice que no ha venido a traer paz a la tierra «se está refiriendo a ciertos modos de hacer la paz medias melifluas» que solo sirven para resolver las cosas momentáneamente y no con profundidad.

«Eso es lo que está pasando en el país, hay una «dificultad de recapacitar y decir: “tiene razón, cedo en esto porque he pensado mal, he hecho una cosa que está mal, he estado buscando mis propios intereses”. Esas capacidades de ver nuestros propios errores son fundamentales en toda la historia, los grandes momentos de cambio han ocurrido porque al final cedimos y abrimos puertas del corazón para hacer algo interesante y bello».

El Señor quiere que tengamos «razones profundas» para hacer la paz porque realmente hemos de amarnos porque somos hermanos, «no solamente porque aparecemos como hermanos, no es apariencia de paz». El Señor nos pide recapacitar para «entrar a las razones profundas cuando tenemos que solucionar un problema, respondiendo a las necesidades más hondas del ser humano».

«Es una paz en donde debemos buscar permanentemente mejorarla, no quedarnos en una simple solución de contrato, sino ir más allá del contrato legal, aprender a apoyarnos, a querernos, a compartir las cosas y a vivir en amistad largamente, no solamente por un momento».

La Palabra de Dios dice las cosas con claridad

Por esa razón el Señor dice que ha venido a traer división. No está diciendo que va a hacer lío de destrucción dentro de las familias, «sino que el amor verdadero nos obliga a definirnos»

Jesús es el primero en definir con claridad entregándose por amor hasta la muerte. Es el mismo amor que hizo entrar en crisis a Pedro, quien lloró amargamente después de negarlo, porque «el Señor lo define», viviendo con hondura y dando testimonio con su vida. Jesús «nos define a todos y nos obliga a dividirnos internamente.»

Nosotros recibimos de Jesús esa crítica profunda que viene de quien es auténtico en su manera de vivir la fe

El Señor nos dice que «tenemos que definirnos por él, dividir nuestra vida entre lo malo y lo bueno, y optar por lo bueno». En ese sentido, hay una palabra en el evangelio de Mateo que se equilibra con el evangelio de Lucas: “No he venido a traer la paz, sino la espada”, y la palabra espada en el antiguo y nuevo testamento refiere a las armas, pero también refiere a la palabra de Dios: “la palabra de Dios es viva y eficaz, más cortante que espada alguna de doble filo, penetra hasta las junturas entre el alma y el espíritu y todo queda claro ante aquel que debemos dar cuentas».

Por su parte, San Pablo nos dice “empuñen la espada del espíritu que es la palabra de Dios”, y nosotros como católicos nos hemos dormido, «porque somos una religión de los símbolos, de los signos, de los ritos. Nos hemos olvidado de dar peso a la Palabra de Dios que dice las cosas con claridad, que conoce el evangelio, que conoce la biblia».

La palabra de Dios es la espada que entra en nosotros, nos permite profundizar las cosas y decidir en favor del Señor para llenar de amor y de fuego esta tierra

«El Concilio Vaticano II recogió no solamente los ritos preciosos que Jesús nos ha dejado, sino también la Palabra. Por eso está el ambón, por eso lo hemos puesto aquí adelante, junto con la sede y junto con el altar; sacerdotes aquí, reyes allá, profetas aquí, las tres dimensiones del bautismo representadas por los tres instrumentos fundamentales que tenemos en la misa: el sillón representa la legalidad, el gobierno; el altar representa el sacrificio de Jesús, la santificación de Jesús;  y el ambón la profecía».

«Que cada uno pueda situar estas cosas en su vida y podamos juntos responder también a la situación que nos toca a todos juntos como hermanos, como Iglesia peruana y de Lima», concluyó.