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Monseñor Juan José Salaverry, Obispo Auxiliar de la Arquidiócesis de Lima, presidió la Celebración Eucarística de acción de gracias por el Aniversario de Fiestas Patrias en el Bicentenario de la Independencia del Perú, organizado por la Provincia Mercedaria del Perú.

A continuación compartimos la homilía de Monseñor Juan José Salaverry:

Muy queridos hermanos de la Orden Mercedaria

Nos sentimos honrados de celebrar esta fiesta del Bicentenario de la Independencia Nacional a los pies de Nuestra Señora de la Merced, advocación que ha marcado el encarnado corazón del creyente peruano con el amparo de la Madre de la Misericordia y una devoción que se ha convertido un símbolo patrio de nuestra identidad.

A lo largo de toda nuestra historia, desde la llegada del Evangelio a nuestras tierras, llegó la Orden de la Merced con el “Cristo de la Conquista” que más que conquistar al pueblo con un afán político lo sedujo con la solidaridad divina de quien asumió el sufrimiento humano para luego redimirlo. Y junto al Cristo de la Redención, la Orden trajo al Perú a la Madre de Dios, que vestida de hábito blanco y con los brazos abiertos acogió a sus nuevos hijos para ser sus hijos.

Desde el arribo de La Merced, el pueblo creyente sintió la maternal protección de la Santísima Virgen, cuánta razón tuvo el Papa Francisco cuando al llegar a nuestras tierras dijo: “Lo primero que me gustaría transmitirles es que esta no es una tierra huérfana, es la tierra de la Madre». Ciertamente, la Madre de Dios ha estado presente a lo largo de la historia de la salvación y a lo largo de la historia de nuestro país.

La heroicidad de Judit y la Madre liberadora.

La liturgia de la palabra ha empezado con el veterotestamentario relato de Judit, la heroína redentora del pueblo de Israel que, confiando en la misericordia, con fe ardiente y valentía épica encara al generalísimo Holofernes para liberar a su pueblo.

El Papa Francisco en la audiencia del 25 de enero del 2017 decía que las palabras de aliento que Judit dio a su pueblo: “Es un lenguaje de la esperanza. Llamemos a las puertas del corazón de Dios, Él es Padre, Él puede salvarnos. ¡Esta mujer, viuda, corre el riesgo también de quedar mal delante de los otros! ¡Pero es valiente! ¡Va adelante!

Con la fuerza de un profeta, Judit llama a los hombres de su pueblo para llevarlos de nuevo a la confianza en Dios; con la mirada de un profeta, ella ve más allá del estrecho horizonte propuesto por los jefes y que el miedo hace todavía más limitado”.

La teología nos ha enseñado que en Judit podemos ver un antecedente de la misión de María: como intercesora por la liberación del pueblo y porque a través de ella se consiguió la ansiada liberación de Israel. De esta manera lo entendió el pueblo peruano que confió desde el primer momento en María, especial protectora que abogó por su pueblo, por eso fue reconocida en 1730: “Patrona de los Campos del Perú” y en los albores de la República, en 1823: “Patrona de las Armas de la República”. Es que Nuestra Madre compadecida por la opresión de nuestro pueblo, como dice el Santo Padre, elevó su voz de esperanza para llenarnos de confianza en Dios y para decirnos que tras puerta estrecha está el verdadero reino de justicia y de paz.

Que actual se hace este mensaje. Hoy como hace doscientos años nuestro país necesita escuchar la voz valiente de la Madre, que nos una y nos devuelva la confianza para poder construir justos un horizonte de promisión.

Nacido de mujer, la maternidad de María.

San Pablo en la segunda lectura nos regala el texto clásico y fundamental para entender la maternidad divina de María: “nacido de mujer, nacido bajo la ley”. Verdad dogmática definida por los padres conciliares de Éfeso (431), y que la Iglesia ha creído vivamente porque siendo hermanos de Cristo por el bautismo, hemos sentido que no solo hemos sido adoptados como hijos por el Padre, sino que la Theotocos nos ha recibido con ternura sinigual como madre. Por eso, desde siglos hemos invocado el auxilio de Nuestra Señora diciendo:

Sub tuum praesidium
confugimus,
Sancta Dei Genitrix.
Nostras deprecationes ne despicias
in necessitatibus nostris,
sed a periculis cunctis
libera nos semper,
Virgo gloriosa et benedicta.

La Orden de la Merced, al igual que otras religiones, nos ha enseñado a ponernos bajo el amparo de “Nuestra Madre”, con cuanta ternura podemos escuchar tanto a frailes ancianos como a imberbes jóvenes dirigirse a Nuestra Señora como verdadera Madre piadosa y amantísima. Nuestro pueblo ha grabado en su corazón este título y, desde pequeños, los que hemos bebido la sabia mercedaria en sus colegios, misiones y parroquias, la hemos invocado diciéndole: “Virgen Madre de Mercedes, reina de cielos y tierras, en la vida y en la muerte, ampáranos madre Nuestra”.

Hoy nuestro país necesita de la calidez de la madre que cuide nuestros sueños, nos consuele en medio de las aflicciones y nos sostenga en las debilidades, por que con la ayuda de María como Madre podrá hacerse realidad no solo “el sueño de la republica peruana” de la que hablaba Basadre sino el sueño de la nueva humanidad que estamos llamados a edificar, como nos lo pide el Papa Francisco en Fratelli tutti.

La herencia de una Madre y la solidaridad de los hijos.

Finalmente, la profunda lección del Evangelio de San Juan, que hemos leído, nos sitúa como herederos del precioso regalo que Jesús redentor nos concede desde lo alto de la cruz confiándonos a la custodia de María. Muchas cosas podemos decir de este pasaje: el dolor de nuestra Madre, su perseverancia hasta la cruz, la valentía de mantenerse de pie ante la muerte, su maternidad espiritual sobre la Iglesia…

Pero en este día, quisiera que nos fijemos en la solicitud del discípulo amado, que es hecho hijo de María y que la recibe en su casa. Los Padres de la Iglesia nos han enseñado que en San Juan se hace presente todo el colegio apostólico que acoge a la Madre del Señor. Compartiendo la esperanza de María, haciendo suyo su proyecto, pero al mismo tiempo Nuestra Señora acoge el proyecto de esa Iglesia naciente y lo acompaña.

A lo largo de la historia de la Iglesia peruana, esta simbiosis se ha repetido. La esperanza que María ha infundido en su pueblo, el proyecto de un futuro superior para el país, la promesa de tiempos nuevos y mejores, no solo ha movido los corazones de los devotos de Nuestra Madre, sino que ha implicado a los hijos de esta venerable Orden de la Merced.

Cuando se forjaba la independencia del Perú, los hijos de la “Patrona de las Armas” entendieron que “las ideas son tan potentes como las armas” y por eso la Orden de la Merced dio a nuestra patria frailes ilustrados, de gran cultura humanista, comprometidos con el evangelio y con el ideal de patria, como.

• El célebre “ciego de la Merced”, Fray Francisco del Castillo Andraca y Tamayo (1716 – 1770).

• Fr. Melchor de Talamantes (1765 – 1809). Ideólogo y prócer de la independencia americana.

• Fr. Cipriano Jerónimo Calatayud (1735 – 1814). Miembro de la “Sociedad Académica de Amantes del país”, y colaborador del “Mercurio Peruano”.

Sin embargo, también entendieron que no solo la fe y las ideas podían forjar la nueva república, sino sobre todo a través del compromiso de toda la Orden con la causa. Por eso, un día como hoy hace doscientos años, la Provincia Mercedaria del Perú, se hizo una con la independencia, cuando el Padre Provincial congrega a los frailes residentes en los conventos de Lima y en el Salón Capitular de este Convento Máximo de San Miguel de Lima, celebran la “Junta de Comunidad para jurar la Independencia del Perú” adhiriéndose a la causa libertaria y haciéndose ciudadanos de la nueva nación. 

Al iniciar los días de las celebraciones del Bicentenario, nos volvemos a poner a los pies de Nuestra Madre, para pedir su intervención liberadora sobre su pueblo, para invocar su protección de Madre pero también y sobre todo para pedirle que sus hijos de la familia mercedaria sigan fortaleciendo la fe, como lo hicieron los primeros frailes misioneros,  que Ustedes queridos hermanos iluminen la discusión teológica, humanista y patriota como lo han hecho aquellos frailes que gestaron la independencia, y sobre todo que Ustedes hermanos y hermanas de la Orden de la Merced sigan cuidando un auténtico y serio compromiso con el Evangelio y con este pueblo en el cual se sigue encarnando el Verbo.

Laus Deo

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