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El Padre Mateo Garr, SJ., acaba de hacer pública la primera edición digital de la versión popular de la nueva Encíclica del Papa Francisco, ‘Fratelli Tutti’, un documento elaborado para acompañar nuestra vida parroquial. Y en el día de su lanzamiento, compartimos la entrevista concedida a la Oficina de Comunicaciones del Arzobispado de Lima.

La primera versión popular de ‘Fratelli Tutti’ ya es una realidad. Desde este Domingo de Resurrección, el Arzobispado de Lima ha puesto a disposición del público la edición digital y descargable de forma gratuita.

El documento es el resultado de la experiencia y la enorme creatividad del Padre Mateo Garr, quien inspirado en el llamado del Santo Padre a la fraternidad y a la hermandad, decidió escribir una versión popular que incluye preguntas para meditar en nuestras Parroquias.

«El texto está escrito para leer en grupo, en una comunidad. Y es presentado en frases cortas, letras grandes y algunos dibujos que hagan más amigable esta importante enseñanza social del Papa Francisco, en una forma que la gente pueda comprender mejor», explicó Mateo Garr.

El Padre Garr indicó que la versión popular de Fratelli Tutti es Â«el producto de una Iglesia realmente participativa», una invitación permanente al diálogo, «el mismo diálogo que el Papa Francisco mantuvo con los obispos y miembros de la Iglesia en todo el mundo. Por eso, no basta con leer este documento, tenemos que reflexionar y ver cómo aplicar las enseñanzas de la carta a nuestras propias vidas, y luego, compartir nuestras experiencias».

Amistad social en diálogo con las periferias.

Uno de los aspectos más interesantes de esta versión popular de Fratelli Tutti, es que al final de cada capítulo incluye una serie de preguntas abiertas para discutir y reflexionar en comunidad: Â«este ejercicio ayuda a captar en grupo lo que hemos conversado. Como diría el educador brasileño Paulo Freire, un método que solo da información no funciona, tenemos que participar, y desde nuestra experiencia y nuestra propia cultura, descubrir cada lección en nuestra vida para compartirla con los demás», comentó Garr.

El Padre Mateo agregó que la nueva Encíclica de Francisco nos interpela a ampliar nuestros círculos de amor a una amistad social, considerando a personas que son diferentes a nosotros o piensan diferente, a través de un diálogo con las periferias, con las personas pobres y las personas que no comprendemos:

El Papa Francisco habla de luchar en contra del sistema del mercado, del consumismo, imperio del mercado, pero lo hacemos en diálogo con esos grupos, con el convencimiento de que todos tenemos algo que aprender del otro. No estamos diciendo que hay que perdonar y olvidar la corrupción o la violencia en el mundo, sin embargo, se tiene que buscar, en el mismo conflicto, cómo ir dialogando para crear una sociedad nueva.

«Espero que esta versión popular pueda ser tratada en las Parroquias con grupos de adultos, con grupos de jóvenes, y en todas las comunidades, no solo para que conozcamos la lección de que todos somos hermanos y hermanas, sino también, para que busquemos la forma concreta de ir llevando esto haciéndolo una realidad que promueva la hermandad», recalcó Mateo Garr.

Compartimos los gestos complementarios que podemos realizar desde el hogar en este Domingo de Resurrección. Al llegar las 11 de la mañana, los invitamos a participar de la Celebración Eucarística que presidirá Monseñor Carlos Castillo y se transmitirá por el Canal del Estado.

En el almuerzo de Resurrección que la familia pueda tener, el padre o la madre cambia el clavo que se dejó al pie de la Cruz el Viernes Santo, por una flor blanca que se entregará a cada integrante de la familia, indicando que ese clavo, con la Resurrección de Jesús, se ha convertido en esta flor que recuerda la vida.

Responder a las siguientes preguntas: Como familia cristiana católica ¿Cómo testificará nuestra familia a otras familias del barrio, de amigos, familiares cercanos y lejanos que Cristo ha resucitado?

En este Sábado Santo, iniciamos el día reunidos en familia y compartiendo la última reflexión de Monseñor Guillermo Elías.

En este Sábado Santo, como un primer gesto, se invita a todas las familias a reflexionar a partir de las siguientes preguntas: ¿Por qué invocar y tener presente a María en nuestra casa? ¿Quién es ella para nosotros?

Después de abordar estas preguntas, se sugiere el rezo del Santo Rosario en familia y participar de la Gran Vigilia Pascual que inicia en nuestras Parroquias (por redes sociales) o la que presidirá nuestro Arzobispo de Lima a las 10pm. (TV Perú).

Elaborar un pacto en familia.

Finalmente, se invita elaborar un pergamino (en hojas decoradas) te invitamos a realizar un pacto en el que cada miembro de la familia se compromete a vivir como resucitado en medio de esta Pandemia que no puede quitarnos la esperanza.

Yo, …, como padre ¿a qué me comprometo?
Yo, …, como madre ¿a qué me comprometo?
Yo, …, como hijo ¿a qué me comprometo?

Compartimos los gestos complementarios que podemos realizar desde el hogar en este Sábado Santo. Al llegar las 10 de la noche, los invitamos a participar de la Vigilia Pascual que presidirá Monseñor Carlos Castillo y se transmitirá por el Canal del Estado.

En el contexto de esta noche de Pascua un hermoso secreto para celebrarla es hacer de nuestra vida una aventura constructiva. Nadie puede pelear la vida aisladamente. Se necesita de una comunidad, una familia, amigos, equipo de trabajo que nos sostenga, que nos ayude y en la que nos ayudemos unos a otros a mirar hacia delante.

Como un primer gesto, se invita a todas las familias a reflexionar a partir de las siguientes preguntas: ¿Por qué invocar y tener presente a María en nuestra casa? ¿Quién es ella para nosotros?

Después de abordar estas preguntas, se sugiere el rezo del Santo Rosario en familia y participar de la Gran Vigilia Pascual que inicia en nuestras Parroquias (por redes sociales) o la que presidirá nuestro Arzobispo de Lima a las 10pm. (TV Perú).

Elaborar un pacto en familia.

En un pergamino (en hojas decoradas) te invitamos a realizar un pacto en el que cada miembro de la familia se compromete a vivir como resucitado en medio de esta Pandemia que no puede quitarnos la esperanza.

Yo, …, como padre ¿a qué me comprometo?
Yo, …, como madre ¿a qué me comprometo?
Yo, …, como hijo ¿a qué me comprometo?

(Por: Rafael Luciani).

Justificar la muerte de un inocente, como la de Jesús y, más aún, decir que era voluntad divina, sería hacer del mal un modo humano de actuar justificable por parte de Dios y los hombres. De ahí que sea tan relevante comprender el hecho histórico y el sentido teológico de la muerte y pasión de Jesús, no como un simple relato que se escucha en Cuaresma, sino como un acontecimiento que revela una realidad trágica y que nos debe poner a pensar hasta dónde somos capaces de llegar si nos dejamos convertir en verdugos, seducidos por el poder y el dinero.

El modo como asesinaron a Jesús, en una cruz, representa un gran escándalo para cualquier ser humano más allá de sus creencias. El madero era símbolo de la negatividad humana, el peor de los males deseados; también simbolizaba el rechazo divino, porque quien así moría era considerado un maldito de Dios (Dt 21,23).

¿Se podía, entonces, decir que el Padre bueno en quien Jesús creía había permitido una muerte así?

La muerte de Jesús no fue casual, ni fruto del azar o de la voluntad divina. Fue meditada, decidida y ejecutada por personas concretas (Jn 11,47.53), por hermanos de un mismo pueblo (Jn 7,1) que regían los destinos de una nación.

Fue justificada por representantes de instituciones religiosas y políticas oficiales (Jn 11,49-50) que veían en él a un peligro porque manifestaba una nueva forma de vivir —humanizadora—, cuya pretensión era reconciliar al pueblo disperso (Jn 11, 52) y proclamar una relación personal con Dios basada en un pacto inédito, sin la mediación sacerdotal ni la economía sacrificial del Templo (Jr 31,31-34).

Su vida hacía temer a quienes no querían perder el poder otorgado por los romanos, de cuyo estatus social y beneficio económico vivían (Jn 11,48-50).

Aunque la conflictividad fue creciendo de cara a las autoridades religiosas que lo entregaron (Jn 11,53), fue el poder político romano el que volteó la mirada ante un inocente y dictó la sentencia para que lo torturaran y asesinaran (Mt 27,24).

Las autoridades religiosas no tenían el derecho de ius gladii. Por eso armaron un expediente para justificar formalmente su muerte. Lo acusaron de ser un falso profeta (Dt 13,5). Así ganaban dos cosas: sumar a otros grupos religiosos que detestaban a Jesús, y darle una razón formal al poder imperial para que lo condenara y procesara como reo político (Mc 15,26). Todos podían seguir disfrutando sus cuotas de poder (Jn 11,50).

La muerte de Jesús, como la de cualquier inocente, nunca ha sido querida por Dios. Justificarla es sacralizar la acción del victimario y hacer que la desgracia que se inflige a otro sea aceptada como un sacrificiodivino, y es además negar las consecuencias de la responsabilidad de los sujetos concretos que torturan y asesinan, cuyas acciones los deshumanizan hasta el punto de convertirlos en verdugos y victimarios de otros.

Decir que Jesús murió por voluntad divina como víctima sacrificial es, pues, hacer de Dios un cómplice del mal ejecutado por los hombres (Sal 35), o un sádico que justifica el sufrimiento del inocente.

Jesús siempre tuvo la conciencia de que Dios estaba de su lado, acompañándolo en sus decisiones (Mc 12,6), pero actuaba con el realismo de quien sabe que su predicación del Reino y las duras críticas en contra del sistema religioso (Mt 23,1-36) y del político (Lc 13,31-32) le traerían como resultado su propia muerte (Lc 13,34).

Tengamos en cuenta, pues, que fue su vida vivida como entrega en el servicio y el amor al otro, la razón por la cual murió; y no olvidemos que el espíritu fraterno con el que vivió fungió como la razón por la cual lo mataron personas e instituciones concretas.

La humanidad de uno como Jesús es insoportable y se convierte en estorbo para las conciencias de aquellos que sólo viven del poder, el dinero y la muerte.

La clave para comprender el sentido de la pasión de Jesús no está en la muerte, como si esta tuviera un efecto salvífico en sí misma, sino en el modo filial y fraterno como él vivió su vida, y las consecuencias que esto le trajo (Neh 9,26).

La muerte de Jesús no tiene sentido, como no lo tienen la de tantas personas que mueren cada día a causa del hambre, la criminalidad, la violencia política que arrebata la vida. Sería inhumano justificarlas.

Lo que sí tiene sentido, y es salvífico —humanizador— es el modo en que Jesús asumió su muerte, y cómo se identificó a lo largo de su vida con los que sufren y así mueren, sin miedo alguno para denunciar que el Dios del Reino, a quien él le oró, no quería que esto ocurriese más en nuestro mundo, y rechazando a quien así actuase.

Jesús había vivido el amor en sus muchas formas: como perdón, liberación, sanación, reconciliación. Pero, especialmente, lo vivió de manera solidaria en su entrega a las víctimas, los rechazados por la sociedad y los enfermos (Mt 8,17). Y entendió que Dios solo actuaba con compasión y se oponía a los sacrificios (Mt 9,13; Sal 50).

Desde la Iglesia de Las Nazarenas, Monseñor Carlos Castillo, Arzobispo de Lima y Primado del Perú presidió el Oficio de la Pasión del Señor de este Viernes Santo: «desde el dolor más extremo de la Cruz, le pedimos al Señor que nos haga beber de su Espíritu, para renacer a una forma de vivir diferente, pacífica, verdaderamente fraterna en la humanidad, en la Iglesia y en nuestro país», reflexionó (leer homilía completa).

Leer homilía de Monseñor Carlos Castillo (transcripción)

Tras escuchar el relato de la Pasión (Juan 18, 1–19, 42), Monseñor Castillo resaltó las palabras con que inicia el Evangelio de Juan:

En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba orientada, dirigida hacia Dios. Y la Palabra era Dios y todo se hizo por ella y nada se hizo sin ella. En ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres. Y la luz brilló en medio de las tinieblas y las tinieblas no la reconocieron.

Ante esto, el Arzobispo dijo: «Jesús es la Palabra que se encarna en el corazón de la historia humana, de nuestras vidas, pero en especial, en la carne humana débil y en la carne de los débiles, (sarx) carne débil, sencilla, humilde, deshilachada, golpeada, maltratada. Y por eso, en lo más recóndito de todos nuestros sufrimientos, en primer lugar, está Aquel que se encarnó desde el inicio de su vida en la debilidad y en la pobreza».

Monseñor Castillo indicó que la Verdad más grande que Dios nos ha venido a revelar con Jesús, es que Él es el Hijo y existe un Padre que nos ama a todos: «la Verdad es siempre un camino que, inspirados, construimos juntos. En este camino podemos realizar nuestra condición de hijos-hermanos, cuando estamos dispuestos a amarnos como Dios nos ama, a vivir en el Espíritu que Él acaba de entregar, el Espíritu de hijos que nos hace hermanos los unos de los otros y nos revela lo que realmente somos: ser hijos del mismo Padre», agregó.

Una religión que se dedica a los juegos y a los amarres de intereses económicos, políticos, culturales, de fama, de exhibición y de frivolidad, es una religión que niega la Verdad.

El Obispo de Lima recalcó que Jesús ha venido para que todas las religiones aprendamos el camino de dar testimonio de la verdad más trascendente: «todos somos hijos en el Hijo, y hermanos los unos a los otros, y no tenemos derecho, desde nuestra más honda humanidad, a dividirnos estúpidamente, confrontándonos y “comiéndonos” unos a otros, despreciando especialmente a los débiles que nos sufren».

No hay Espíritu nuevo cuando polarizamos nuestra vida con acusaciones y mentiras, los unos contra los otros, y rompemos lo que somos: hermanos. Y si lo hacemos, porque somos pecadores, podemos repararlo abriendo el corazón, dejando que lo más hondo de nuestro ser, en donde mora el Señor, en lo más secreto de nuestras heridas y problemas, el Señor pueda hablar desde allí y convertirnos en testigos de la Verdad.

El Primado del Perú señaló que «el Señor tiene sed de que recurramos a Él, para que nos sacie con el agua viva de su amor y nos limpie la des-hermandad, la enemistad y la convierta en hermandad humana, mucho más en este tiempo en que, la Pandemia, nos ha invadido mundialmente, y a partir de lo cual, el Santo Padre Francisco ha escrito la Encíclica de la hermandad “Fratelli Tutti” (Todos Hermanos)»

Desde el dolor más extremo de la Cruz, desde lo más profundo y difícil que es aceptar que Dios acepta la muerte de su Hijo, nosotros le pedimos al Señor que nos haga beber de su Espíritu, para renacer a una forma de vivir diferente, pacifica, verdaderamente fraterna en la humanidad, en la Iglesia y en nuestro país, y para que ninguna religión y ninguna Iglesia sea testigo de la mentira, de la artimaña, de los enjuagues y de los amarres bajo la mesa, sino que sea una religión que transparente al Señor, que sea hermana y que sufra por y con todos los seres humanos, especialmente los mas maltratados y víctimas.

Este Viernes Santo, día de la Pasión del Señor, nos unimos en oración para participar, desde casa y en familia, del Sermón de las Siete Palabras. Entre los predicadores destacaron los nuevos obispos auxiliares de la Arquidiócesis de Lima, sacerdotes, religiosos, un diácono y un joven seminarista.

Primera Palabra:
«Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen»
Mons. Juan José Salaverry Villareal OP, Obispo Auxiliar de Lima.

La noche de la pasión ha debilitado la humanidad de Jesús al extremo de sangrar en la intimidad de la oración del Huerto, El Padre ha podido ver en ese momento cómo el Verbo asumió la naturaleza humana incluso hasta temblar ante el episodio de la muerte, pero también el Padre ha podido contemplar la fuerza de la divinidad que quiere entregarse para dar vida. ¡La humanidad desnudada ante el sufrimiento y el dolor!

Hoy, como en aquel momento, la humanidad está anegada de dolor y sufrimiento. Se repite el drama del Viernes Santo. Todo parece ennegrecido por los contagios, la enfermedad, las muertes, nos sentimos inseguros ante el visitante invisible. Estas tinieblas se hacen más densas porque hay traiciones como las que sufrió Jesús, porque hemos visto algunas autoridades que se han enmohecido por sus propios intereses y su pasmosa y complice despreocupación.

Necesitamos que se repita esta escena, expresión pletórica del amor de Dios, porque, marcados por los sufrimientos desencadenados por la Pandemia, nos urge sentir la palabra de esperanza que nos rescata del profundo dolor, y que con las manos marcadas por las heridas de la Pasión, Jesús toque a la humanidad yacente, sufriente, crucificada, para levantarla y devolverle la lozanía y la dignidad de la creación.

Hemos aprendido de Dios a darnos totalmente a los demás, pero nuestro egoísmo, superficialidad e individualismo, nos ha afianzado en el actuar en contra del hermano (el arte del mal hacer), hablar mal del prójimo (mal decirlo) cuando nos sentimos heridos por el otro.

Segunda Palabra:
«Hoy estarás conmigo en el Paraíso»
Jesús Choy, jovenseminarista del Seminario de Santo Toribio.

Hoy, bajando la cabeza y auscultando lo profundo de mi corazón, descubro, ahí en lo secreto, este mismo reclamo: ¿Señor porque no haces nada? ¿Por qué permaneces impávido ante la pandemia? ¿Por qué no terminas con este virus? ¿Por qué tanto sufrir?”

Es el grito que tengo hundido en el pecho, es el reclamo que tantas veces he ocultado entre los labios, pero que sigue ahí: irreverente, resentido, dolido por lo “injusto” de la vida.

Y Cristo calla. Siente, pero calla. Va más de dos horas, desnudo y clavado, tiene el cuerpo destrozado, lleno de heridas, la sangre y el sudor se mezclan en su piel desgarrada. Aun así, imagino cómo con esos ojos cansados, pero ardientes de amor, miró al ladrón con paciente ternura; y le mostró que también tenía clavos, que también estaba colgado en esa cruz, que también estaba solo y abandonado, que iba a morir por falta de aire, que estaba pasando por lo mismo.

Después del reclamo viene el arrepentimiento.

Aceptar y reconocer esa es la actitud que cambia todo. Abrazar mi vida entera, con todo lo que implica una vida, con esas espinas que mezclan mi sangre con el rojo de la Rosa. Saber amar la vida, con sus cruces y crucifixiones, con sus humillaciones inacabables, con su pasado doloroso, con sus rupturas y resurgimientos.

Aquel ladrón, el del grito desesperado, se quedó solamente en el reclamo, este ladrón en cambio, reconoce su falta, se arrepiente, y suplica un sentido a su vida. Y ya no tiene más peros, ni excusas, ya no tiene dudas, simplemente abraza la cruz porque sabe que es lo mejor para él. Lo más justo. Lo más adecuado.

Solo cuando un corazón ha reconocido su debilidad y se deja a abrazar por la misericordia de Dios, brota como una flor la súplica viva que llega a los oídos de nuestro Dios: “Jesús, acuérdate de mí cuando estés en tu reino”.

Tercera Palabra:
«Mujer, ahí tienes a tu hijo», y al discípulo: «ahí tienes a tu madre»
Luis Alberto Mora, Diácono de la Arquidiócesis de lima.

Qué importante es el papel de nuestras madres en medio de la vida. Para comenzar, es precisamente ella, nuestra madre, la que nos ha dado vida, la que nos ha dado a luz, después de habernos cuidado durante largos 9 meses dentro de su vientre. Ella ha cargado todo ese tiempo con nosotros aguantando todo tipo de dolores. Ya al darnos vida, ha dado también su vida por nosotros, ha entregado su propia vida en favor de nosotros. Es por eso que el dolor de perder un hijo, el dolor de verlo padecer, el dolor de verlo sufrir, es mucho más fuerte para una madre.

Es al pie la Cruz donde empieza a dar frutos el amor, es al pie de la Cruz donde empieza la vida, es al pie de la Cruz donde podemos realmente encontrarnos con María, porque es ahí, en la Cruz, en donde nos diste el más precioso regalo después de la salvación: nos has dado a tu propia madre como madre nuestra.

Ahí podemos ver la imagen de muchas mujeres que, en medio de las adversidades, de las circunstancias difíciles o no tan favorables, han luchado para salir adelante, han luchado para para poder mantener a sus hijos. Y es ahí, al pie de la Cruz, de las luchas, al pie de la Cruz de las dificultades, al pie de la Cruz de las contrariedades, donde han podido dar más vida a sus hijos. 

Tener a María como Madre, es tener a Jesús, porque una madre siempre quiere lo mejor para sus hijos. Ella sabe, perfectamente, que lo mejor para nosotros, sus hijos, es tener a Jesús. María siempre, en todo momento, busca que nosotros estemos en presencia de su  Hijo Jesús.

Cuarta Palabra:
«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?.
Padre Alejandro Adolfo Wiesse León, Ministro provincial OFM

Para atreverte a ser un ser humano hasta el final, mira la Cruz; para no ahogar tu deseo de vida hasta el infinito, mira la Cruz; para defender la verdadera libertad sin rendirte a ídolos que te esclavizan ,mira la Cruz; para permanecer abierto ante el amor y la verdad, mira la Cruz; para seguir trabajando por tu propia conversión, mira la Cruz.

Vive con Dios los momentos oscuros de tu vida, también los momentos en que sientes que todos te abandonan y que hay un silencio, usa tu voz para gritar a Dios las situaciones de noche que vive hoy nuestro mundo y nuestro país. Pero termina tu gran incertidumbre con una alabanza de quien espera y sabe que Dios va con el que sufre, que Dios nos acompaña a pesar de que existe el mal.

Dios está con nosotros en estos estas noches oscuras, no le ocultemos nuestra fragilidad, pero es importante que dejemos entrever que, en medio de la noche, la luz de la fe, esa luz que es Cristo no conoce el ocaso.

Quinta Palabra:
«Tengo sed»
Carmen Toledano Sánchez, Priora del Monasterio de las Agustinas en Lima

 ¿A quién se dirige Jesús con estas palabras? ¿Está pidiendo que alguno de los que están allí, en el calvario, que tenga compasión de Él y le ofrezca agua? ¿O se dirige también a nosotros? ¿Qué nos quiere decir?

Si escuchamos con atención, podemos descubrir que Jesús al pronunciar estas palabras está haciendo suyo el grito del hombre, el grito del hombre sediento, agostado, sin agua, es decir, nuestro grito. Porque Él ha venido a asumir todo lo humano y ha querido también saciar nuestra sed.

Lo realmente paradójico, es que en la cruz Jesús se manifiesta como el Sediento que nos da de beber. El mismo que dice “tengo sed” es el que nos dice: “Si alguien tiene sed, que venga a mí y beba”. Y, ¿cómo lo hace? Nos dice la Escritura que, ya muerto Jesús, “uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y, en seguida, brotó del costado sangre y agua” (Jn 19, 34). Del Corazón traspasado de Jesús, el Sediento, brota el agua que sacia nuestra sed; el agua que nos da vida y que se convierte dentro de nosotros en un manantial que salta hasta la vida eterna.

Sexta Palabra:
«Todo está consumado»
Padre Jan Lozano, Párroco de la Parroquia Natividad de María

Quisiera dirigir esta reflexión a todas las personas que se encuentran en los hospitales. A todas las personas que están en el último momento de su vida, a todas las personas que en estos momentos pierden a un ser querido, todos hemos perdido un ser querido.

“Todo está cumplido”. Esas palabras quieren decir, en el fondo, dos cosas: que tú no mueres solo, que Cristo muere contigo y que en ese momento de la muerte, todo adquiere un sentido.

Nos duele que la persona que amamos se vaya de nuestro lado. Es por eso que sentimos la muerte como una soledad. Que esa persona muera significa que estamos solos, que estamos sin ella, y hoy el dolor más grande puede ser pensar que nuestros familiares mueran solos en los hospitales. Por eso, Cristo pronuncia estas palabras: “Todo está cumplido», es decir, «yo muero contigo».

Séptima Palabra:
«Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu»
Mons. Guillermo Antonio Cornejo Monzón, Obispo Auxiliar de Lima.

Aquí estamos con las Siete palabras del Señor en la Cruz. Es la última frase que se le atribuye a Jesucristo y se interpreta como un ejemplo de la confianza que debe tener un cristiano ante la entrada en el mundo espiritual.

En estos momentos difíciles que atravesamos crisis, Pandemia necesitamos un equilibrio espiritual en conversión total, todos, una reingeniería, decirnos las cosas, consejos, no cerrarnos, cuando nos dañamos, cuando nos damos duro, bajezas, no nos ayudamos: pidamos perdón. Todos cometemos errores seamos humildes y sencillos, estamos en momentos difíciles, enfermos, muertos, si todo esto no nos hace cambiar. Hagamos un mundo mejor, cambiemos como personas, en lo personal, familiar, sociedad, como vecinos y como peruanos.

«Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu», nos invita a ser coherentes, a ser claros, a ser firmes, porque el proceso de conversión debe ser libre, salir de la mediocridad. Tiene que haber una conversión colectiva, porque cuando hay amor, nos dejamos amar por el Señor. El Evangelio se escribía con las manos, con el corazón y también con los pies, porque se caminaba mucho por las comunidades.

Síntesis, confianza y compromiso radical.

A ti, Señor, me acojo, no quede yo defraudado. Se para mi roca de cobijo y fortaleza protectora… guíame y condúceme, por el honor de tu nombre. En tus manos encomiendo mi espíritu, tu Señor, el Dios, fiel, me rescataras (Sal 31, 2-6).

Jesús, con este salmo, llama a Dios su roca y su fortaleza. Esa roca y fortaleza ya no es Yahveh, es el Padre de nuestro Señor Jesucristo. Hay una novedad radical: no es la relación de un vasallo con su rey, sino la de un hijo para con su Padre. No se abandona a las manos poderosas de Yahveh, el Señor de los ejércitos, el rey de las naciones, sino en las manos tiernas y benditas del Padre.

Digamos también nosotros: Padre, a tus manos confió mi espíritu, mi vida entera, ahora en el tiempo de la lucha, luego en la eternidad del amor.

Aquí estamos con las 7 palabras del Señor en la Cruz. Es la última frase que se le atribuye a Jesucristo y se interpreta como un ejemplo de la confianza que debe tener un cristiano ante la entrada en el mundo espiritual.

En estos momentos difíciles que atravesamos crisis, Pandemia necesitamos un equilibrio espiritual en conversión total, todos.

Todos cometemos errores seamos humildes y sencillos, estamos en momentos difíciles, enfermos, muertos, si todo esto no nos hace cambiar. Hagamos un mundo mejor, cambiemos como personas, en lo personal, familiar, sociedad, como vecinos y como peruanos. Una reingeniería, decirnos las cosas, consejos, no cerrarnos, cuando nos dañamos, cuando nos damos duro, bajezas, no nos ayudamos: pidamos perdón. Todos cometemos errores seamos humildes y sencillos, estamos en momentos difíciles, enfermos, muertos, si todo esto no nos hace cambiar. Hagamos un mundo mejor.

Cambiemos como personas, en lo personal, familiar, sociedad, como vecinos y como peruanos.

Tiempo de gracia, cuaresma, Semana Santa, Jueves Santo, Pascua unida a la Pandemia, al Bicentenario, a las elecciones próximas, todos teniendo a la Palabra de Jesús con fe, esperanza y caridad: confianza en Dios, a tus manos encomiendo tu espíritu.

«Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu», nos invita a ser coherentes, a ser claros, a ser firmes, porque el proceso de conversión debe ser libre, salir de la mediocridad. Tiene que haber una conversión colectiva, porque cuando hay amor, nos dejamos amar por el Señor. El Evangelio se escribía con las manos, con el corazón y también con los pies, porque se caminaba mucho por las comunidades.

INTRODUCCIÓN

“Tengo sed” (Jn 19, 28). Jesús pronuncia en la Cruz estas estremecedoras palabras. Te invito a escucharlas, a acallar otros ruidos para que resuenen en ti: ¡Tengo sed!

–  ¿Qué pide Jesús? ¿Agua? ¿Está pidiendo Jesús de beber? A estas alturas de la pasión ha sido flagelado con crueles latigazos, ha tenido que cargar con la cruz a cuestas; el único líquido que ha recibido desde hace horas ha sido el de los salivazos de los soldados. Todo ello le ha provocado, sin duda, una seria deshidratación. ¿Por eso dice: “Tengo sed”?

– ¿A quién se dirige Jesús con estas palabras? ¿Está pidiendo que alguno de los que están allí, en el calvario, que tenga compasión de Él y le ofrezca agua? ¿O se dirige también a nosotros? ¿Qué nos quiere decir?

Si escuchamos con atención, podemos descubrir que Jesús al pronunciar estas palabras está haciendo suyo el grito del hombre, el grito del hombre sediento, agostado, sin agua, es decir, nuestro grito. Porque Él ha venido a asumir todo lo humano y ha querido también saciar nuestra sed.

Y, a su vez, la sed de Cristo es una puerta de acceso al misterio de Dios Padre, que tuvo sed para saciar la nuestra, por eso envió a su Hijo, haciéndose uno de nosotros.

Para profundizar en esta sed, quiero aludir a un poeta español del siglo XX, Luis Rosales que, inspirado por san Juan de la Cruz, escribe estos versos breves, sencillos y profundos:

De noche, iremos de noche,
sin luna, iremos sin luna,
que para encontrar la fuente
sólo la sed nos alumbra.

Vamos a detenernos en tres elementos de este poema: la SED, la NOCHE y la FUENTE, que nos remiten a JESÚS, al HOMBRE y al PADRE; y también nos adentran en la cruz, en el contexto en que se produce y en el horizonte al que nos abre.

I. La sed de Cristo.

Cuando Jesús dice “tengo sed”, está ya agotado. El cansancio de Jesús, es signo de su verdadera humanidad. Esa misma frase la había pronunciado, años atrás, cuando también fatigado del camino, se encontró con la mujer samaritana que fue a sacar agua del pozo, en medio del calor del mediodía y le dijo: «Dame de beber» (Jn 4, 6-7), es decir, “Tengo sed”. Aquella mujer se quedó muy sorprendida. No era costumbre que un judío dirigiera la palabra a una mujer samaritana. Asombro que aumentó cuando Jesús le dijo: “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: dame de beber, tú le habrías pedido a él y él te habría dado el agua viva” (Jn 4, 10). Le pide de beber, pero en realidad le dice que es Él quien quiere darle su agua. Le habla de un agua capaz de saciar su sed y de convertirse en ella en un «manantial de agua que salta hasta la vida eterna».

Como a esta mujer, es como si Jesús hoy nos dijese en la Cruz: “Tengo sed de ti. Tengo sed de amarte y de que tú me ames. Tan precioso eres para mí que tengo sed de ti. Ven a mí y llenaré tu corazón y sanaré tus heridas. Te haré una nueva creación y te daré la paz aún en tus pruebas. Tengo sed de ti. Nunca debes dudar de Mi Misericordia, de mi deseo de perdonarte, de Mi anhelo por bendecirte y vivir Mi vida en ti, y de que te acepto sin importar lo que hayas hecho. Tengo sed de ti. Si te sientes de poco valor a los ojos del mundo, no importa. No hay nadie que me interese más en todo el mundo que tú. Tengo sed de ti. Ábrete a Mí, ven a Mí, ten sed de Mí, dame tu vida. Yo te probaré lo valioso eres para mi corazón porque Tengo sed de ti. Lo único que te pido es que te confíes completamente a Mí. Yo haré todo lo demás”[1].

Acabo de leer una oración de madre Teresa de Calcuta.

“Solo la sed nos alumbra”, dice el poema mencionado. ¿La sed de Dios? O ¿nuestra propia sed? Pero, ¿cuál es tu sed? ¿Qué te inquieta? ¿Qué tienes en el corazón que no te hace descansar, que te hace vivir en sequedad? ¿Cuál es tu tormento? ¿Tu noche? ¿Tu muerte?

II. Nuestra noche.

“De noche iremos de noche”. Sí, hoy caminamos en medio de la noche, en medio de tanto dolor, en medio de tanta muerte. La pandemia por coronavirus nos está obligando a mirar de frente nuestra debilidad, nuestra impotencia, la enfermedad, el dolor, la muerte. Sentimos sed porque nos falta el oxígeno y las camas hospitalarias, porque no hay chamba ni plata, porque en los cerros y en los asentamientos humanos no tenemos agua, porque ni siquiera hay suministros para las ollas comunes. La pandemia ha desenmascarado, a nivel local, nuestras carencias estructurales y, a nivel global, el desequilibrio, la inequidad en el acceso a los recursos como las vacunas. Tenemos la garganta reseca de gritar: ¡Tengo sed! ¡Tanta sed en medio de nuestras noches!

Pero entre tanta muerte, hay un anhelo de vida. Como dice el poeta Luis Rosales, “de noche, iremos de noche; sin luna, iremos sin luna”, es decir, a pesar de todo, seguimos caminando en medio de la oscuridad porque intuimos que hay luz en esta noche que vivimos y más allá de ella. Nos lo recordó el papa Francisco cuando vino a Perú en enero de 2018, en su homilía final en la base aérea de las Palmas: “Es allí, en medio de los caminos polvorientos de la historia, donde el Señor viene a nuestro encuentro”.

¡Tengo sed! Estas palabras de Jesús, dirigidas a los judíos de su tiempo, se actualizan hoy, pronunciadas de nuevo por el mismo Jesús, sediento en la Cruz, y dirigidas a cada uno de nosotros: “Si alguien tiene sed, que venga a mí y beba (…) de su seno correrán ríos de agua viva” (Jn 7, 37-38).

Sí, Jesús es la vida y nos regala la vida; una vida plena, abundante, verdadera, eterna. Un agua que es capaz de calmar nuestra sed y de darnos vida en todas las dimensiones de nuestro existir e incluso, con su Resurrección, más allá de lo que soñábamos o imaginábamos de darnos esta vida nueva. ¿Crees esto? ¿Tienes sed de Dios? ¿Te atreves a gritarle a Él en medio de tu noche? ¿Cómo está tu fe?

En 1945, cuando la Gestapo llegó para llevarse a Dietrich Bonhoeffer a ser ejecutado, tuvo apenas tiempo de susurrar un último mensaje a un compañero de prisión para que lo transmitiera a su amigo: «Este es el fin, pero para mí es el comienzo… Nuestra victoria está asegurada»[2]. Bonhoeffer creía en la vida eterna, aunque le quitasen la vida, él iba a vivir.

III. El Padre, fuente de vida.

Volviendo al poema, se nos dice que “iremos de noche” pero “para encontrar la fuente, sólo la sed nos alumbra”. La sed, por tanto, no sólo nos habla de sequedad y de noches. Nos habla también del anhelo profundo que nos habita. La sed nos remite a la fuente, a la Fuente que es Dios mismo, a nuestro origen, a nuestra meta.

Origen. Encontrar el origen, conocer el porqué de mi existencia, tiene que ver con el sentido de mi vida. Significa encontrar un manantial de agua que sacia la sed del presente. La fe en la creación, en el Padre creador, brota de la pregunta sobre nuestro propio origen. Nuestra vida está acechada por la fragilidad existencial, pero cuando reconocemos que todo es gracia, comprendemos que lo primero en nuestra vida es un don y podemos vivir la gratitud. Dejarme abrazar por Dios Padre es reconocer que mi vida es regalo, reconocer que somos amados, que somos hijos e hijas, que hemos sido llamados a la vida, que hemos sido salvados de la no-existencia.

Meta. Jesús nos dice a cada uno de nosotros: “El que beba del agua que yo quiero darle, nunca más volverá a tener sed. Porque el agua que yo quiero darle se convertirá en su interior en un manantial que conduce a la vida eterna” (Jn 4, 14). Esta agua representa al Espíritu Santo, el «don» por excelencia que Jesús vino a traer de parte de Dios Padre, que es la fuente. Quien renace por el agua y el Espíritu Santo, es decir, en el Bautismo, entra en una relación filial con Dios. Gracias al encuentro con Jesucristo y al don del Espíritu Santo, la fe del hombre llega a su cumplimiento, como respuesta a la plenitud de la revelación de Dios Padre.

Dice San Agustín: “Dios tiene sed de que el hombre tenga sed de Él”. Sí, Dios Padre tiene sed de nuestra fe y de nuestro amor, Él calma nuestros deseos más profundos. Como un Padre bueno y misericordioso, desea para nosotros la Vida nueva, y esta Vida es Él mismo, la Vida eterna.

Conclusión.

Lo realmente paradójico, es que en la cruz Jesús se manifiesta como el Sediento que nos da de beber. El mismo que dice “tengo sed” es el que nos dice: “Si alguien tiene sed, que venga a mí y beba”. Y, ¿cómo lo hace? Nos dice la Escritura que, ya muerto Jesús, “uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y, en seguida, brotó del costado sangre y agua” (Jn 19, 34). Del Corazón traspasado de Jesús, el Sediento, brota el agua que sacia nuestra sed; el agua que nos da vida y que se convierte dentro de nosotros en un manantial que salta hasta la vida eterna.

Oración Final.

Señor Jesús, me estremezco al escuchar tu grito en la cruz: “Tengo sed”. Resuena en tus palabras no sólo tu entrega radical hasta vaciarte y quedarte casi como seco, sino resuena también, en el fondo, la sed de toda la humanidad. Resuena el sufrimiento de tantos enfermos a quienes le falta el oxígeno para respirar y resuena la impotencia de tantas familias en medio de esta pandemia atroz que nos toca vivir. En medio de esta noche, vamos alumbrados y guiados por esta Sed que has querido compartir con nosotros. Confiamos en Ti, Señor. Agradecemos tu cercanía. Y sabemos que Tú nos conducirás a la Fuente, a ese manantial que salta dentro de nosotros, que sacia nuestra sed y que nos llena de Agua Viva.

Una vez más, oramos con el poeta:
De noche, iremos de noche,
sin luna, iremos sin luna,
que para encontrar la fuente
sólo la sed nos alumbra.

Dios mío, Dios mío, ¿por qué me abandonas? Palabras que pertenecen al salmo 21. Canto de audacia y humildad, de tragedia y confianza profunda, ya que ahí donde Dios nos parece más lejano, está más presente.

Todo judío piadoso conocía este salmo, pensando en la aflicción de sus antepasados, la larga y dolorosa travesía del éxodo. Su esperanza será ver la luz del Mesías. Aquella Luz del niño de Belén que Simeón al contemplarla dice: Ahora Señor puedes dejar que tu sirviente muera en paz.

Pero, como dice el filósofo y poeta C. Péguy: lo más difícil es esperar: con voz baja y vergonzosa. Lo más fácil es la desesperación y caer en la tentación.

Dios mío, Dios mío, ¿por qué me abandonas?

No te alcanzan mis clamores ni el rugido de mis palabras;

Estas palabras son paradigmas de todo sufriente. Hermanos, cuantas veces la lucha y esfuerzo nos parece inútil, no digamos el sentimiento de impotencia que vivimos, de no poder hacer nada ante un horizonte vacío y oscuro.

En el Nuevo Testamento estas palabras no son anónimas, tienen voz, tonalidad y aliento. Salen del corazón de Jesús de Nazaret. Como dice Heb 5,7: Cristo, durante su vida mortal dirigió peticiones y súplicas, con lágrimas, al que podía librarlo de la muerte, y por esa cautela fue escuchado. Y aunque era Hijo de Dios, aprendió sufriendo a obedecer…

Decía el teólogo Leonardo Boff: “Tan humano como Jesús, sólo Dios mismo”. El centro del cristianismo no es lo trascendente, sino lo humano, un hombre que nos revela, que nos da a conocer y nos explica lo divino. El centro de nuestra fe es este Jesús de Nazaret que nació, vivió y es crucificado bajo Poncio Pilato. Es este niño de Belén que envuelto en pañales por frío será envuelto en una síndone para ser depositado en el sepulcro.

Dice San Juan 1,18: Nadie ha visto jamás a Dios; el Hijo único, Dios, que estaba al lado del Padre, Él no lo dio a conocer.

Significa que en lo humano es donde podemos encontrar a Dios y podemos relacionarnos con Él. Por eso es importante cuidar de lo humano. ¡Aceptemos la carne de Cristo!

Recordemos que la gran tentación es apetecer más lo divino que lo humano. “Querer ser como dioses y avergonzarnos de nuestra desnudes” Y como los sacerdotes del templo no toleramos las agresiones a lo divino, al tiempo que a lo humano lo estamos destrozando sin piedad.

Recordemos ¿Quién es el mentiroso, sino quien niega que Jesús es el Cristo?

Dios mío, Dios mío, ¿por qué me abandonas?

Por eso nos resultan escandalosas estas palabras. Difícilmente los evangelistas habrían puesto semejantes palabras en los labios de Jesús. Realmente salieron del corazón de crucificado, probablemente, al recodar que en el Getsemaní, aquellos discípulos que junto al mar de Galilea inmediatamente lo siguieron, ahora al instante lo abandonan y huyen. La tentación de los discípulos, ávidos de poder y riqueza, ha persistido más allá de Jesús, a pesar de su pasión. Buscan los primeros puestos y discuten por el camino quién era el más importante. Cuántas veces hemos deseado la sombra del poder para evangelizar, olvidándonos que Jesús fue víctima de los poderosos por: dar a Dios los que es de Dios y al César lo que es del César.

Y así, por no orar, Pedro emplea la espada para defenderse y Judas transforma el beso respetuoso al maestro en signo de traición. Les decepciona un maestro que no usa la violencia, que no toma la espada para que el Reino llegue, sino que pone en práctica aquello que les enseñó: amar a sus enemigos y orar por quienes nos persiguen.

Para Judas, calculador y frío, quien había criticado a la mujer por comprar un perfume costoso para el Señor, la amistad con Jesús tiene un precio 30 monedas de plata. Monedas tomadas de las alcancías del Templo.

La elección entre Jesús y Barrabas revela lo que muchas veces elegimos en nuestra vida, cuales son nuestras preferencias: Dt 30,15: “Mira hoy pongo delante de ti la vida y la felicidad, la muerte y la desdicha”.

En esa tarde negra y amarilla, donde la multitud pide que lo crucifiquen, aunque no pueden responder a la pregunta de Pilato ¿qué mal ha hecho?, no hay mención alguna de los discípulos. Solo a lo lejos ve aquellas mujeres venidas de la Galilea, incluyendo su madre y al discípulo que tanto amaba, según Marcos, Jesús en la cruz observa y escucha:   

         los que pasaban lo insultaban moviendo la cabeza y decían: el que derriba el templo y lo reconstruye en tres días, sálvate a ti mismo bajando de la cruz.

A su vez los sumos sacerdotes, burlándose entre sí, comentaban: Ha salvado a otros pero a sí mismo no se puede salvar. El Mesías, el rey de Israel, baje ahora de la cruz para que lo veamos y creamos. Y también lo insultaban los que estaban crucificados con él. Es la soledad total.

Dios mío, Dios mío, ¿por qué me abandonas?

¿Es posible afirmar a Dios en la soledad, el abandono y la injusticia, causada por la fidelidad al mismo Dios? Es todo lo contrario a una religión utilitarista, que busca a Dios solo por beneficios y protección.

 El versículo 8 del salmo 21 dice: Al verme se burlan de mí, hacen visajes, menean la cabeza: “Acudió al Señor, que lo ponga a salvo, que lo libre si tanto lo quiere”.

Los Sumos Sacerdotes, representantes de dios, eran gente religiosa que pensaban que asesinando a Jesús cumplía la voluntad de Dios. Jesús se metió con el Templo, y les recordó: saquen eso de aquí y no conviertan la casa de mi Padre en un mercado. Pero, nadie puede tocar el Templo y quedar vivo. Les acusó de convertir la relación con Dios en puro interés. Olvidando que Dios es amor, y el amor no se compra. Dios quiere amor y no sacrificios. La riqueza puede enfermar la religión. La novedad de Jesús es que desplaza lo sagrado del Templo a la vida cotidiana. Hace a Dios presente en lo diario y sacraliza la relación con los hombres.

El cristianismo no rodea el mal, no lo esquiva, LO ENFRENTA. La cuestión no es por qué lo permite Dios, sino por qué nosotros no hicimos nada. Jesús contó con la posibilidad de un final violento. No era un ingenuo. Era imposible buscar con tanta radicalidad una vida digna para los pobres y los pecadores, sin provocar la reacción de aquellos a los que no interesaba cambio alguno. En la cruz de Cristo no hay una ascética ni una espiritualidad individualista, sino compromiso. No se trata de disciplinarse ni de atormentarse, sino de asumir las consecuencias de la fidelidad a Dios y a las propias convicciones. Evitar que hayan más crucificados en la historia.

El apóstol dirá: Tengan los mismos sentimientos de Cristo Jesús, quien a pesar de su condición divina, no hizo alarde de ser igual a Dios; sino que se vació de sí y tomó la condición de esclavo, haciéndose semejante a los hombres. Y mostrándose en figura humana se humilló, se hizo obediente hasta la muerte, y una muerte en cruz.

Pero esta respuesta en la cruz no elimina el misterio del mal, lo sana pero no lo elimina. Sin embargo, de la cruz de Cristo ha brotado nuestra salvación.

Besamos hoy el rostro del crucificado, levantamos los ojos hacia él, escuchamos sus últimas palabras, como su corazón colapsa por falta de oxígeno en la cruz. Mira la Cruz:

Para atreverte a ser humano hasta el final.
Para no ahogar tu deseo de vida hasta el infinito.
Para defender tu verdadera libertad sin rendir tu ser a cualquier ídolo esclavizador.
Para permanecer abierto a todo el amor y la verdad.
Para seguir trabajando tu propia conversión con fe. Para no perder la esperanza en el hombre y en la vida.

Jesús recitaría esta otra parte del salmo 21 que dice: En ti confiaban nuestros padres, confiaban y los ponías a salvo, a ti gritaban y quedaban libres, en ti confiaban y no los defraudaste.

Fuiste tú quien me sacó del vientre, me tenías confiado en los pechos de mi madre, desde el seno pasé a tus manos,… Fieles del Señor, alábenlo, descendientes de Jacob, glorifíquenlo… porque no ha rechazado la desgracia del abatido, ni le ha escondido su rostro; cuando le pidió auxilio, lo escuchó.

Hermano que me escuchas: vive con Dios los momentos oscuros de tu vida, también los momentos en que sientes que todos te abandonan y que también Dios calla. Usa tu voz para gritarle a Dios las situaciones de noche que vive hoy nuestro mundo.

Termina tu oración con la alabanza de quien espera y sabe que Dios va con el que sufre y está a oscuras.

No ocultemos nuestra fragilidad, pero es importante que dejemos entrever en medio de la noche la luz de la fe, esa luz que es Cristo y que no conoce el Ocaso.

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